Me sentaba
todas las noches en el escritorio. Amaba sentarme allí con la luz encima de mi
cabeza y la puerta a mis espaldas casi pegada a mi silla. No importaba tanto el
escribir o el escuchar algún soneto o hacer bollitos de papel o soniditos con
la punta del lápiz, rascarme la cabeza o tocarme. Importaba sentarme allí, en mi lugar… en mi
mesita de jugar. Abrir y cerrar los cajones, encontrar alguna nota vieja de
amores de infancia, alguna piedra nunca arrojada por los vidrios, alguna nota
nunca enviada a nadie, algún pañuelo con sangre o con mocos de hace años, abrir
y cerrar los cajones, abrir y cerrar los cajones, y escuchar el sonido, cada
vez más rápido, cada vez más fuerte, cada vez más frenético, abrir y cerrar los
cajones, abrirlos y cerrarlos con la ilusión de que todo acabe.
Observe el
cuchillo que siempre había sobre mi escritorio, detenidamente, como si recién
lo hubiese hallado, con la sorpresa de un niño que descubre en el cielo un
avión por primera vez. Cerré y apreté
mis ojos lentamente, sudando frio, sintiendo el vértigo correr por mi sangre,
sintiendo la inquieta emoción que rebotaba en mi cabeza buscando expandirse.
Tome el cuchillo con ambas manos entrelazadas y ejercí fuerza sobre el filo,
sentí un ardor que me quito el aliento, pero no grite, no quería despertar a
mis padres. El cuchillo cayo a mis piernas y vi la sangre, y quise más! asique
subí mi pollera y me tajee la pierna, y la otra, y un poco más abajo y un poco
mas arriba y más y más y más y llore silenciosamente. Lo que se reprime se
potencia, asique corte, corte hasta el ahogo del llanto y la sangre desmesurada
que veía caer chorreando por la silla hasta llegar al suelo en gotas como
lluvia y entonces ahí observe, me observe y me detuve y respire profundamente y
contemple el rojo, el silencio de la noche, el afuera. Me detuve en el tiempo
junto a la oscuridad atroz del cuarto, sintiendo el ruido inquietante de mi
mente que repetía la sonoridad de los cajones que abrían y cerraban. Ya no
podía sopórtalo más, no era el ruido del abrir y cerrar, no era la oscuridad,
era algo más, era la oscuridad en mí, el rojo que me llamaba, el negro que me
tomaba por sorpresa. Asique tome aire… apreté los parpados y clave de lleno el
cuchillo en mi estómago y sentí salir sangre de mi boca, y de mi estómago y de
mis piernas y de mí, de mi cuerpo, de mi ser. Sangre horrible por doquier y
luego calor, frio, frio, calor y espasmo y sudor y música y negro.
Negro
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